Justo un año después de que la COVID-19 nos revelara toda su complejidad y dureza, se constata que ha ido dejando un impacto en ciertos aspectos comparable a la crisis del VIH/sida. Y es que tanto el coronovirus como el VIH son agentes reveladores de que la salud no solo tiene impacto en lo, digamos, estrictamente sanitario, sino también en nuestros imaginarios, en nuestras sensibilidades, afectividades, mentalidades. Los virus “sociales” desbordan con su engullente transversalidad el marco clínico predeterminado.

Aquí comentamos algunas similitudes COVID19 y VIH, lo que nos permite detectar hasta qué punto la COVID19 ha reactivado/visibilizado crisis que el VIH ya puso en marcha y así, con fortuna, aprovechar experiencias previas y recursos similares que la respuesta ante el VIH ha ido logrando motorizar. ¡Veamos! 

INCERTIDUMBRE QUE FABRICA SUS MITOLOGÍAS

La incertidumbre ante una infección transmisible que nos presiona, que es nueva y que parece llegado de un “afuera”  conlleva una suerte de mitologías, efecto de la desorientación y una búsqueda de sentido a algo que probablemente no lo tenga. VIH y coronavirus comparten: montones de (desacertadas) teorías sobre su origen y sus vías de transmisión, sospechas de conspiración gubernamental para imponer el autoritarismo, magnates en la sombra, remedios ineficaces- se ha dicho que el tratamiento contra el VIH (PrEP y tratamiento para quienes tienen VIH) protege de la COVID-19, lo cual no es cierto-. El VIH también tuvo motivó a que en su día circulasen remedios (vitaminas, ponerse fuerte en el gimnasio, determinados tratamientos que años después se revelaron como tóxicos), claramente ineficaces, y la insistencia en la vitamina C y/o D con respecto a la prevención de la COVID-19 recuerda esto. 

Todo esto nos distrae de lo importante: el virus está AQUÍ  para quedarse, y la pregunta sobre su origen puede distraernos; la intervención debe de estar dirigida hacia la protección según los criterios consensuados de organismos sanitarios internacionales. 

ESTIGMATIZACIÓN

El VIH conllevó la estigmatización de población a la que se consideraba que por su estilo despreocupado de vida podía adquirir la infección. Se habló de grupos de riesgo, que fueron estigmatizados como causantes de la amenaza y a los que había que purgar del escenario público, a fin de que todos remásemos a favor de la norma (heterosexualidad, monogamia, expulsión de relaciones esporádicas). En realidad, esa estigmatización nunca se ha ido. El coronavirus también estigmatiza aquellos que buscan ocio y tienen sexo con parejas esporádicas. Los jóvenes o personas con vida sexual con parejas no convivientes son diana sobre la que volcar la amenaza contra el orden. La promiscuidad vuelve a ser objeto de amenaza social, según el discurso. Esto responde a una estrategia para alejar de nuestra conciencia la amenaza y pensar que estamos a salvo. “Si no soy de esos que hacen el loco, entonces no corro riesgo para tener el virus”. “Si no soy como el grupo estigmatizado o no me relaciono con los que forman parte del mismo, entonces no corro especial riesgo”. “El virus lo transmiten los irresponsables con su cuerpo o con su ocio. Si yo quedo para almorzar con amistades a boca descubierta, puedo sentirme tranquilo porque no lo estoy haciendo en un contexto estigmatizado (la noche) o con personas señaladas como la amenaza-monstruo”. Ha retornado el discurso de personas irresponsables que con su sexualidad o su manera de divertirse contaminan al resto. Lo punitivo, legitimado por el discurso estigmatizante, se ve como medida de contención frente al virus (¿no aprendimos del VIH que no es lo punitivo sino la educación/formación lo que ayuda a generar respuestas responsables?). 

La respuesta asociativa ante el VIH ha ido enseñando que la estigmatización de grupos o perfiles no es positiva, no solamente para quién porta la estigmatización sino para el conjunto de sociedad: conlleva una falsa percepción de seguridad (“me relajo con personas que son de confianza, ya que realmente considero que las medidas de protección están especialmente dirigidas al contacto de personas con las que media un vínculo casual, y entonces me descuido”). No obviemos la realidad: es importante atender las medidas de protección con todos, ya que cualquier interacción a menos de 1 metro y sin mascarilla es una práctica que deja abierta la puerta al coranovirus. La experiencia del VIH nos enseñó que el foco debe estar puesto en la práctica, independientemente del contexto o de la emocionalidad con la que recargamos un encuentro; aprendemos de ello. 

CIUDADANÍA DE SEGUNDA

En los 80 la crisis del sida visibilizó que la sociedad (y el discurso sanitario) contemplaba ciudadanos de segunda que no merecían la atención requerida. En los inicios de lo que se ofrecía como tratamiento para el sida, pasaron muchos años para que pudiera alcanzar a más de la mitad de los afectados, y en países sin un fuerte sistema sanitario público el precio era altísimo. La crisis del VIH/Sida fue una crisis de desigual acceso a recursos sanitarios.  Ahora, la crisis de la COVID-19 muestra que la crisis lo es también por una redistribución desigual de recursos para la salud. Es por esto por lo que los más afectados son población de barrios humildes, personas sin tarjeta sanitaria, ancianos sin la atención debida, personas en prostitución. El virus llega a todos por igual pero la presión social, los confinamientos, el aislamiento y la  atención sanitaria difieren en función del grupo social. Obviamos algunas fallas estructurales, como por ejemplo el acceso desigual a recursos para la prevención o la atención. Así, los centros sanitarios de barrios obreros están más colapsados que los de clases socialmente mejor situadas, o resulta en aquéllos más complicado evitar la distancia por la disposición arquitectónica de sus barrios. El VIH hay que leerse como una historia/síntoma de desigualdades sociales, que la COVID19 ha continuado. Con la irrupción del VIH/Sida en los 80, personas que previamente sufrían vulnerabilidad social y sanitaria (inmigrantes, homosexuales, transexuales, con drogodependencia) fueron las más perjudicadas, hasta el punto de quedar abandonadas en la calle sin trabajo y recursos. La crisis de la COVID19 ha vuelto a agudizar la vulnerabilidad de grupos poblaciones, con la agonía del desempleo, el hambre, la falta de recursos habitacionales. En Apoyo Positivo, conscientes de  cómo una pandemia afecta a los recursos básicos, hemos visto la necesidad de dar una respuesta para paliar la ferocidad con la que esta crisis ha dañado a las mujeres transexuales en situación de prostitución, con la iniciativa Para corona la nuestra (¿te animas a apoyarlas?).

Es importante seguir denunciando la desigualdad estructural que conlleva que haya grupos poblaciones más propensos a la enfermedad. La COVID19 bien debería de activar respuestas de denuncia y de agitación política similares a las que el VIH lleva impulsando desde sus inicios, y que tan buenos frutos lleva consiguiendo.   

«TÚ ELIGES»

El discurso más arcaico en torno al VIH responsabiliza en primer lugar a las personas de las nuevas transmisiones, obviando que la respuesta para la salud sexual debe de ser, ante todo, institucional (más recursos para una buena educación sexual). Ahora, con el coronavirus, retomamos el discurso que deposita la responsabilidad individual como freno primordial para la cadena de infecciones. “Elige ser virus o vacuna”, obviando que no todos partimos con las mismas condiciones para elegir y que esa decisión (al igual que la de usar métodos de protección frente a las ITGs) no es para siempre, no es estática, sino que se va reconfigurando con cada encuentro, con cada espacio, con cada momento. 

Cuidado con no atender a la complejidad de virus que pueden transmitirse a partir de prácticas de afectividad/sexualidad. Por ejemplo, para muchas personas, el coste de reducir su actividad sexual o social no es asumible por su escasez de redes de apoyo (por ejemplo, puede ocurrir que siendo homosexual el vínculo más recurrente con otros iguales –algo importante para la identidad- sea mediante el sexo; personas con un capital social insuficiente necesitan moverse en contextos donde es fácil que medien más prácticas de riesgo). No tapemos las carencias de la respuesta política y de salud pública mediante el discurso de la responsabilidad individual. Es importante que todos seamos responsables, de todos depende frenar el ritmo de la infección,  pero no todos tenemos los mismos recursos ni lo principal depende de la actividad de cada uno. Así pues, frente al discurso de la responsabilidad individual, demandemos una acción institucionalizada para reforzar la salud pública.

VUELTA A UNA VISIÓN CONSERVADORA DEL SEXO

Tanto la crisis del VIH como la de la COVID nos han traído limitación de lo afectivo y de los encuentros sexuales. Se ha fomentado la idea que sólo el sexo con una pareja conviviente es lo adecuado. El sexo irresponsable puede matar, se señala. ¿Y qué es el sexo irresponsable? Pues se dice ahora que cualquier sexo que no sea con una pareja conviviente. El COVID-19, como en su momento el VIH, hace visible la fragilidad de redes para ejercitar la sexualidad de manera más saludable. Muchas personas sin pareja estable y en búsqueda de vínculos sexuales y/o afectivos palpan (y sufren) esa fragilidad. ¿Qué discurso ofrecemos a estas personas?, ¿es sostenible señalarlas si en algún momento buscan una sexualidad que puede ser su único recurso para tener afectividad?, ¿desde qué posición las estamos señalando?

«¿Y ESTO CUÁNDO SE ACABA?»

Nos hemos acostumbrado a que las infecciones tengan cura y no aceptamos que lo farmacéutico no nos dé solución. El VIH y la COVID-19 son grietas en el sistema sanitario, de ahí su difícil asimilación. La vacuna de la COVID-19 se extenderá en breve al conjunto de la población. El VIH actualmente es una infección crónica manejable con tratamientos y cuidados. Ahora bien, hay un peligro en esperar que lo farmacéutico nos solucione el reto de un virus que infecta los tejidos vinculares y sociales. 

El reto del VIH nos llevó a aceptar que las crisis de infecciones que reconfiguran nuestro imaginario afectivo y sexual pueden ser para siempre y que, sin embargo, podemos integrarlo para tener una vida lo más acorde posible con el deseo, el placer, la erótica, el redescubrimiento de nuestro cuerpo, el encuentro ante el otro.  La vacuna de la COVID-19 nos llegará, pero, no nos engañemos, no es la panacea y seguirá habiendo transmisiones, si bien con un ritmo infectivo más controlado, al igual que ha ocurrido con el VIH, con el que sigue habiendo transmisiones pero no crece ni llega a colapsar la atención sanitaria generalizada, destino previsible del coronavirus.

INTEGRA AFECTIVIDAD / SEXUALIDAD / OCIO

El VIH trajo el impacto de reconfigurar nuestra sexualidad. La crisis de la COVID19 también nos ha condicionado a replantear la sexualidad: reducir o evitar los riesgos en la sexualidad, la sexualidad con parejas esporádicas como potencial amenaza, reducción de recursos para encontrar parejas sexuales, indagación en cómo podemos satisfacernos en este contexto de crisis, etc.

Hasta aquí la primera entrega de «COVID-19, la crisis que transita por la del VIH».  Próximamente lanzaremos una segunda parte desgranado más similitudes entre COVID19 y VIH. Stay Tuned!