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El bugchasing y la ruleta rusa del sida forman parte del imaginario de prácticas antinormativas, prácticas que rompen los esquemas de autocuidado y que por ello estigmatizan a las personas que lo practican como irresponsables, o con una enfermedad mental que les induce a autoinflingirse daño: personas de inclinaciones muy perversas que no son como nosotros o como nuestras amistades y amantes, podemos pensar. Porque, ¿qué persona en su sano juicio no querría evitar el VIH?

Pero por encima de qué tipos de personas practican el bugchasing, es importante que pensemos por qué la narrativa del bugchasing y de la ruleta rusa nos sigue acompañando.

Es habitual que los medios de comunicación tengan predilección por reportajes sobre bugchasing y que, de vez en , recurran a ilustrarlo.  Bugchasing: la peligrosa moda de contraer VIH intencionadamente buscando el subidón de adrenalina, nos dice un titular reciente de El Mundo (seguido del importe que cuesta al año el tratamiento antirretroviral); Bugchasing, la peligrosa moda de jugar a la ruleta rusa, leemos en otro artículo reciente; o Juegos de sexo y muerte entre gays.

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Aunque esto de la ruleta rusa del VIH fue durante un momento puntual durante los años 80 y parte de los 90, y ha perdurado hasta nuestro presente más como narrativa ficcional en torno a sexualidades no normativas que como contexto real. La ruleta rusa, en su momento, se pudo traducir como una respuesta de una pequeña parte de la comunidad gay ante el control percibido por instancias sanitarias: ”La crisis del sida nos estigmatiza y nos dice que tenemos ser que buenos gays y cómo serlo, y nos vigilan porque nos hacen ser responsables de las infecciones; nos rebelamos ante esto”.

Desde el inicio de la epidemia (1981), muchos gays han percibido que las campañas, o mensajes clínicos dirigidos a ellos, para evitar el VIH son estigmatizantes y reduccionistas, y algunos han tratado de generar sus propias respuestas, alejadas de lo que las instancias de poder han sobredeterminado. Una de las reacciones frente al discurso clínico del buen gay fue lo que se denominó ruleta rusa del sida o bugchasing. Eliminamos el miedo al VIH ―porque no se puede vivir siempre con miedo―, no permitimos que los médicos y asociaciones nos digan cómo tenemos que ser, y adelante…

Hay que tener en cuenta que la población de hombres que tienen sexo con hombres (HSH) lleva más de 35 años soportando en sí la ansiedad de saber que forma parte de la población más vulnerable al VIH, de ahí que se hayan ido generando diversas estrategias para sortear esa ansiedad, algunas de las cuales son o frágiles o potencian esa misma vulnerabilidad de la que se trata de escapar.

Una de estas estrategias actuales es la que se conoce como bareback, que estaría emparentada, en parte, con la identidad que generan las sesiones: búsqueda intencionada de sexo desprotegido para el VIH, con la conciencia de saber que se forma parte de una población bien vulnerable al VIH. Podemos encontrarnos entonces con sesiones comunitarias sexuales de hombres gays o bisexuales que promocionan intencionadamente prácticas desprotegidas para el VIH, y que se organizan a través de aplicaciones de móvil o de portales como tuamo.net o barespain.  Pero el bareback se aleja de la ruleta rusa del sida porque el riesgo ante el VIH no está promocionado como medio para el placer, sino que queda silenciado y menospreciado, como si actuar frente al VIH fuese algo de mal gusto o no fuera importante.

 

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La sensación de piel con piel, el practicar la sexualidad sin miedos y estigmas, estrategias para evitar la soledad o el estrés, encontrarte con perfiles identitarios afines ―este es de los míos― son valores que en contextos bareback se colocan por encima de la prevención del VIH y de otras ITS.  Pero estos valores, que tienen una base racional alejada de la enfermedad mental, no tienen que ver con lo que se nos ha ofrecido de la narrativa de la ruleta rusa del VIH.

Además, el contexto actual es bien diferente al de los años 80 y 90, de ahí que nos chirríe el interés de los medios en hablar del bugchasing. Hoy en día, una persona con diagnóstico VIH+ en tratamiento antirretroviral y carga viral indetectable no transmite el virus. Indetectable es intransmisible. Por tanto, no tiene sentido buscar intencionadamente personas con diagnóstico VIH+ para encontrar placer en el riesgo porque  las personas en tratamiento y carga viral indetectable no lo transmiten.

El bugchasing también podemos enlazarlo con el muelle, práctica que también ha sido objeto de atención mediática, provocando una alarma que, desde nuestra entidad, vemos injustificada: Alerta médica en Madrid por el juego sexual de muelle, Qué es el juego del muelle y por qué es tan peligroso para la salud, El muelle: el nuevo y arriesgado juego sexual entre adolescentes.

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El muelle es el equivalente heterosexual del bugchasing: prácticas sexuales asociadas a colectivos a los que siempre se les ha relacionado con la falta de consciencia y de autocuidados. Para nuestra cultura, aparte de morir por sobredosis, ¿hay algo más irresponsable que adquirir el VIH o tener un embarazo no deseado en la adolescencia?

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En realidad, el muelle, al igual que el bugchasing, es una práctica residual con sobrerrepresentación en los medios de comunicación y en nuestros imaginarios. Nos gusta informarnos sobre el muelle, y en cierta manera escandalizarnos con que haya personas que lo practiquen, porque parecemos estar cómodos al obviar los contextos reales donde sí tiene lugar una ruleta rusa del VIH: la presunción de seronegatividad de VIH de nuestras parejas sexuales es la verdadera ruleta rusa, “es tan majo que como va a tener el VIH”, ”es tan buena chica que no puede tener esto del sida”, “cómo voy a tener yo el sida si el sexo sin condón lo tengo con chicos normales”.

Esta presunción, en contextos que consideramos como de confianza, es lo que causa la mayor parte de las transmisiones. Sin embargo, es bien difícil encontrarse con reportajes que incidan en la vulnerabilidad ante el VIH en contextos que no sean pretendidamente morbosos y bizarros.

Y es que hay una finalidad implícita en el interés hacia el bugchasing y el muelle. Se habla de que el VIH está en prácticas antinormativas y estigmatizantes: orgías desmadradas, retorcidos juegos sexuales, gays que buscan una suerte de suicidio mediante el vicio, jóvenes perdidos en su promiscuidad. De esta forma, rebajamos la preocupación ante una práctica de riesgo para el VIH en contextos asociados a lo normal.

Tildamos de inconscientes a las personas que tienen sexo desprotegido en encuentros comunitarios, o que anuncian en sus perfiles de contacto que buscan sexo desprotegido con una persona con VIH, y lo hacemos al mismo tiempo que no nos damos cuenta de que muchas de las narrativas que sí asumimos nos llevan a tener  una vulnerabilidad análoga a la de estos contextos que consideramos perversos en su irresponsabilidad. A medida que más pensemos en muelles, ruletas rusas del sida y derivados, menos atención prestamos a nuestras vulnerabilidades.

Por ello, debemos de exigir responsabilidad a los medios para contextualizar cuestiones tan complejas como la del VIH, sin hacer amarillismo que perjudique a colectivos sociales. Porque nuestras vulnerabilidades al VIH tienen lugar en contextos que hemos normalizado y que están lejos del foco del escándalo.

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En este artículo publicado por El País, publicado con motivo del estreno del film 120 pulsaciones por minutos habla precisamente de la estigmatización que se produce por medios de comunicación en los que prácticamente solo aparecen artículos de prácticas menores como estas.