Un año más nos vemos obligados a celebrar el Día Internacional de la Despatologización Trans. Con este post, queremos ponernos del lado de las personas que hay detrás de esta lucha y no nos cansaremos, año tras año, de apoyar la diversidad, las distintas maneras de identificarse, las múltiples formas de vivirse y sentirse.

La patologización implica claras consecuencias sobre la vida de las personas. Dificultades al acceso a tratamientos en la sanidad pública, un largo periplo para el reconocimiento de las propias identidades, desigualdades y vulneraciones de derechos,  transmisión a la sociedad de una visión estereotipada y estigmatizante, etc.

Clasificar lo trans implica poner una etiqueta, aquello que forma parte de lo raro, lo que no se ajusta a la norma… e implica, de alguna manera, meter todos estos “errores” dentro del mismo saco. Una etiqueta, genera juicios, una expectativa de cómo va a ser la persona.

Y esto, fundamentalmente, es lo que queremos mostrar con esta reflexión. Debajo de ese gran paraguas que es lo trans existen muchas realidades y experiencias distintas. Existen PERSONAS, no meras etiquetas o diagnósticos clínicos. Y, para eso, utilizaremos algunos testimonios de jóvenes, sus propios relatos de vida.

Cuando hablamos de identidad sexual o identidad de género nos referimos al sentimiento que cada uno tiene de pertenecer a alguno de los géneros que define la sociedad. En este caso, hombre o mujer. Por eso, se habla de hombres transexuales y mujeres transexuales cuando las personas no se sienten identificadas con su sexo asignado al nacer (determinado por los genitales). Y aquí surge una pregunta, ¿por qué alguien que se siente identificado con su sexo asignado es, por ejemplo, MUJER y una persona donde no existe esta identificación es MUJER TRANS? Por este motivo, principalmente, por parecer que para justificar esa “mujeridad” tengamos que utilizar un apellido, se comienza a utilizar el término cisexual (que significa “de este lado de”, es decir, la identidad se corresponde con la asignada por la sociedad)

Cuando les preguntamos a nuestres colaboradores por su identidad, en su mayoría se identifican como chicos y chicas trans sin embargo, M. O. de 21 años nos dice: “Soy hombre. Sea transexual o no, no dejo de ser un hombre. El hecho de que diga hombre transexual no deja de ser una etiqueta. Dentro del género binario soy un hombre”.

Pero, aunque parezca que hablar de cis y  trans puede resolver la ecuación, no todo es tan sencillo, hay otras personas que se identifican con una mezcla de los dos géneros o con ninguno de ellos. ¿Y aquellas personas que se definen como transgénero? ¿y las personas que se definen como queer? ¿Bigénero? ¿Queer-dressing? ¿Andrógino? ¿Gender bender?… Y un largo etcétera. La comisión de los Derechos Humanos de Nueva York habla de 31 identidades distintas.

Claro, que en algún momento de nuestras vidas llega la etapa en la que  tenemos que desarrollar nuestra identidad. Proceso por el que, no nos engañemos, pasamos todas las personas. Sin embargo, para las personas trans suele suponer algunas dificultades por la falta de visibilidad de sus identidades y la transfobia social. Y el hecho de no tener referentes puede dificultar este proceso.

Por eso, aunque a veces sea difícil, como hemos comentado antes, poner etiquetas ayuda. El problema surge cuando esas etiquetas resultan ser erróneas. Ejemplificando esta necesidad de referentes, nos dice A. (chico trans de 24 años): “Desde pequeño algo no concordaba entre lo que sentía y lo que me decía la gente que era. Poder definirme fue una vivencia confortante porque yo sabía quien era, había encontrado el camino de mi vida a través del etiqueta de chico trans”.

O como nos dice P., mujer trans de 21 años, “Antes de salir del armario investigué con vídeos y documentales de otras mujeres trans, que me ayudaron a descubrir mi identidad”.

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Los expertos hablan de que la identidad de género suele aparecer en la infancia alrededor de los 3 años, y coincide con el momento a partir del cual suelen diferenciar su rol social. Sin embargo, entre nuestros testimonios vemos distintas realidades ya sea por su desarrollo personal, los referentes sociales o la educación recibida. Por ejemplo E., mujer trans de 17 años, que nos comenta: “Los niños más allá de los estereotipos y las construcciones que quieran tener en su cabeza, sólo piensan en que son niños, quieren jugar y ya está. Por eso yo creo que no me di cuenta hasta que empezó mi pubertad”.

Sin embargo, Y., también mujer trans de 17 años nos dice “Lo descubrí desde muy pequeña. En educación infantil me disfrazaba de personajes femeninos. Disfrazarme de mujer no era un juego, era un disfraz con sentimiento”.

Algunas definiciones de la transexualidad que podemos encontrar dicen  que “las personas transexuales desean modificar sus características sexuales, lo cual supone pasar por una terapia de reemplazo hormonal e, incluso, quirúrgica”. Y, socialmente, tendemos a pensar que, en efecto, todas las personas que se definen como trans desean operarse sus genitales por la disforia (emoción desagradable) que les supone. Es el caso de M., chico trans de 24 años, que dice sin dudar: “Respecto a la vivencia con mi cuerpo es raro, yo quiero una cosa y tengo otra lo cual tampoco es agradable. Me encantaría tener dinero para operarme ya”; o Y., que afirma: “Me gusta mi cuerpo, pero siempre veo algo que puedo mejorar, una figura con más o menos curvas. Me gustaría operarme de pecho y vaginoplastia, pero acorde con mi cuerpo, que quede natural”

Por otra parte, A., que se ha realizado una mastectomía dice “Ahora vivo muy bien con mi cuerpo, no tengo ningún complejo y no me gustaría cambiar nada”.

E. lo enfoca de otra manera: “Me siento bien con mi cuerpo y, por ahora, no querría cambiar nada. No hace el suficiente tiempo que empecé con hormonas para considerar que los cambios ya han terminado. Es un momento de mi vida en que prefiero esperar”.

Parece evidente que hay una pretensión de cambio en los caracteres sexuales, al menos, aquellos que definen más la expresión de género, es decir aquellos que son más evidentes para la sociedad, lo que la gente ve. Y así lo refleja M.: “El transito parecía más difícil antes de empezar. A medida que vas avanzando, el proceso, lo que consigues las hormonas, todo es más fácil”.

Estos cambios, por supuesto, facilitan no tener que dar explicaciones, responder preguntas incómodas y sentirse más acordes con su identidad. Sin embargo, no podemos afirmar que todas las personas bajo este paraguas deseen una reasignación genital.

Definirse como trans, implica un tránsito. Un proceso más o menos complicado, pero que se tiene que producir en distintos ámbitos y con distintas consecuencias y vivencias:

Ámbito familiar

E.: “No sabía cómo contárselo a mis padres porque no sabía cómo iban a reaccionar y tenía referencia de otras personas a las que les había ido mal. No podía hablar, estaba temblando. Así que lo escribí. Tuve suerte se lo tomaron muy bien”.

M.: “Mi familia, que fue la última en enterarse, no lo llevaba muy bien, pero poco a poco se fueron haciendo a la idea”.

A.: “Mi familia reaccionó mal, salvo una prima. El tránsito me resultó muy difícil, con muchas trabas. No tenía seguridad social y necesitaba unos informes psicológicos que tenía que pagar. Sin el respaldo de mi familia tuve que trabajar para poder pagarlo. Además, siendo menor de edad no puedes hacer nada si el consentimiento de tus padres”.

Ámbito social

M.O.: “He recibido bullying desde 5º de primaria. He sido juzgado durante años”.

E.: “Estaba en un instituto concertado católico (aunque soy atea desde los 8 años). Cuando mis padres y yo lo comentamos en el colegio, nos dijeron desde la dirección que mejor que nos fuésemos porque ellos no iban a hacer ninguna medida de acomodación (no me iban dejar ir al baño de mujeres, no iban a dejar que me cambiase el uniforme…), así que tuvimos que cambiar a un centro más inclusivo”.

Y.: “Mi barrio es cerrado, hay gente que me apoya, pero hay gente que me mira mal, cómo reaccionan, hacen comentarios… Me han tirado piedras, me han insultado por la calle…”.

Ámbito administrativo/legal

E.: “Todavía no he podido cambiar el DNI. A la hora de hacer una gestión, hacerme una cuenta en el banco. Me voy a ir a estudiar fuera el año que viene y tengo que empezar los trámites ahora con una identidad que, en poco tiempo, va a cambiar, dificultando muchas cosas”.

El tránsito casi nunca es fácil. La mayoría de las personas, son capaces de identificar trabas que se les han puesto durante su transcurso. Obstáculos que proceden de distintos agentes sociales.

M.: “La sociedad en su conjunto es quien dificulta la situación con trámites, invisibilización, rechazo… Ir a urgencias al hospital y decir que eres una persona trans, que no te llamen por el nombre de pila y que pasen olímpicamente”.

P.: “Los primeros años fueron complicados porque iba a través de la Seguridad Social y ponían muchas trabas, muchas pegas y muchos impedimentos. Estuve haciendo test psicológicos, en endocrinos… La experiencia fue bastante nefasta y yo, como tenía en ese momento 15 años, no tenía tiempo. Quería empezar la hormonación lo antes posible. Cosa que me fue bastante complicada. Al ver que no me daban ninguna solución, sólo problemas, mis padres y yo tomamos la determinación de empezar el proceso por la privada, por nuestra cuenta. Al poco tiempo, conseguí mi tratamiento hormonal”.

M.O.: “Hay pocos profesionales formados. No tenía ganas de vivir más y empecé a ir a psicólogos. Me diagnosticaron trastorno límite de la personalidad. Eso hizo que la familia, que ya de por sí no me apoyaba, no aceptase mi situación. Pienso que este tipo de fallos han llevado a suicidios”.

A.: “La condición social o dónde vives hace que la situación pueda ser más fácil o más difícil. Como vivo en una familia acomodada, aunque no lo aceptasen, indirectamente, podía sacar dinero. Si estás en la Seguridad Social es una ventaja porque no tiene coste, pero es más difícil, ponen más trabas, es más estigmatizante. Contaba con el apoyo de mi prima y un amigo. Me han respetado y me han querido, con eso es suficiente”.

M.O.: “Si mi familia me hubiese apoyado, me hubiese ayudado a no tener que esconderme de las personas que nos rodeaban, a ir acompañado a las citas médicas, haber tenido ese apoyo y no sentirme más solo que nadie, de sentirme marginado y no poder expresarlo en casa, el tener que tragarme muchas cosas solo y no tener ayuda de ningún tipo, incluyendo el tema económico. He ahí el porqué no me he operado aún. El porqué he tenido tantos problemas con las hormonas al tener que parar el proceso en más de una ocasión debido a la necesidad de sobrevivir, porque mis padres me echaron de casa. Las cosas cambian mucho cuando tienes ese apoyo. El apoyo familiar te facilita todo”.

La mayoría de estes jóvenes, interpretan que la patologización de lo trans supone graves consecuencias sobre sus vidas:

Y.: “La patologización me ha afectado haciéndome pensar que puedo estar loca”.

A.: “Genera estigmatización. Además, me podría haber ahorrado el informe psicológico que es lo que más me costó”.

M.: “La patología supone que se retrase lo evidente (hormonas y operaciones). Hasta que no lleve dos años con testosterona no puedo apuntarme a la lista de espera para la operación de mamas que, según me han dicho, es de 5 años”.

P.: “Es lamentable, un paso innecesario y que se debería cambiar de forma automática. La medicina debería avanzar al igual que la sociedad”.

Sin embargo, ni siquiera hay homogeneidad de opiniones respecto a esta cuestión.

E.: “Más allá del trato inicial con algunos especialistas de la UIG (Unidad de Identidad de Género), que se notaba que tenían muy internalizado el ser trans como patología, no creo que me haya afectado tanto. A lo mejor es una cosa un poco polémica, pero creo que resaltar el tema “stop la patologización trans” ya es una cosa más bien discursiva y de lenguaje y no es problema fundamental en cuanto a lo trans en la situación actual”.

Algunes se definen como activistas y visibles, que quieren ser un apoyo para otras personas que puedan vivir una situación similar. Otres afirman, simplemente, no querer ser invisibles. Y también nos encontramos a aquelles que, en este momento de sus vidas, prefieren pasar desapercibides, no quieren ser “la persona trans”, aunque si les preguntan, no lo negarán.

En cualquier caso, son personas maravillosas, luchadoras y, pese a su juventud, personas que siempre están dispuestas a colaborar para defender los derechos y que tienen sus cabezas muy bien amuebladas.

Desde Apoyo Positivo, muchas gracias por vuestra valentía y lucha constante. ¡Gracias, jóvenes Welove!