El control de la conducta sexual se da en todas las sociedades. La erótica, por tanto, es una actividad social. Tiene normas de cortesía y de etiqueta. Se le prescriben espacios, tiempos, modos y maneras, y son reguladas a través de obligaciones, normas, prohibiciones…

Muchas veces, estas reglas no están escritas en ningún sitio pero se trasmiten a través de la educación sexual que recibimos. Una educación que siempre está presente en nuestras vidas y que va a determinar, en gran medida, cómo nos sentimos respecto a las conductas eróticas, nuestros deseos o nuestras fantasías.

Este control sobre nuestra sexualidad depende, por tanto, del entorno o la época cultural donde nos encontremos.

Por ejemplo, el modelo sexual definido durante del siglo XIX era un modelo heterosexual, reproductivo y moral. Heteronormativo porque solo se aceptaban las relaciones eróticas entre personas de distinto sexo; basado en la reproducción, ya que se condenaba toda práctica sexual que no tuviese como fin perpetuar la especie; moral porque se usaban argumentos supuestamente científicos para condenar todo aquello que se saliese de la norma.

No hay más que pensar en cómo, en otras épocas, la masturbación o el sexo oral se consideraban conductas poco adecuadas, incluso patológicas, o las relaciones eróticas entre personas del mismo sexo.

Desde la antropología se han hecho muchos trabajos de campo donde se han observado todo tipo de conductas en distintas culturas de mundo. Una de las conductas más estudiadas y que más llama la atención, por supuesto, es la sexual. ¿Por qué? Bien fácil, por lo que estábamos comentando. Al ser una de las más reguladas y controladas, es la que más curiosidad nos genera ya que las diferencias con otras culturas, usos y costumbres, por tanto, se hacen abismales.

Malinoswki, en La vida sexual de los salvajes del noroeste de la Melanesia,  observó las costumbres sexuales de esas poblaciones por su antagonismo con las de su propia cultural. En este texto afirma: «la sexualidad domina, en realidad, casi todos los aspectos de la cultura. En su sentido más amplio, es más bien una fuerza sociológica y cultural que una simple relación carnal entre dos individuos». ¿Cómo se refleja esta manera de entender la sexualidad? ¿Cómo se establecen las normas y cuáles son las válidas si difieren tanto entre culturas? La importancia de estudiar la sexualidad, trabajar por ella e introducirla en la educación y capacitación de las personas, en sus diferentes formatos, siendo tratada con la misma, sino mayor, importancia que cualquier otra parcela del ser humano, (memoria, nutrición, habilidades sociales, parte incluso de la educación afectivo sexual, etc.), debería ser una prioridad social de los gobiernos, con el fin de aportar visiones realistas y no aberrantes, o patológicas, de determinadas prácticas.

¿Nos parecen raras algunas de esas prácticas? Seguramente. ¿Son una aberración, una perversión o un problema mental? En nuestra cultura, algunas de ellas, tal vez se clasificarían así, mientras que algunos contextos no, al igual que otras normas que afectan a la sexualidad, como la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo o en otras área como la alimentación, existiendo países en los que comer un animal es hábito y cultura y, en otros, la misma especie es protegida por ser un animal sagrado.

Nuestras culturas, occidental y oriental, patologizan la sexualidad según las características etnográficas, geográficas, culturales, de innovación tecnológica y biomédica, económica, etc., pero no la abordan desde la ciencia y la educación a pesar de su transversalidad e importancia en todos los asuntos de más peso social y cultural. Un claro ejemplo de ello es la manipulación de los derechos sexuales y reproductivos y la salud sexual para hacer política y fomentar el odio hacia determinadas personas. Es algo habitual y diario en medios de comunicación con declaraciones, incluso en nuestras leyes, y en algunos casos es realmente grave, como la pena de muerte a personas LGTBIQ en determinados países o declaraciones como las de la Ministra israelí, pidiendo como parlamentaria acabar con todas las madres  palestinas: Leer noticia.

 

 

En el Manual de Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) de la Asociación de Psiquiatría Americana (APA) se incluyó la homosexualidad como una categoría de enfermedad mental. Hasta su segunda versión, en 1973, no se eliminó la homosexualidad como categoría diagnóstica de la sección de “Desviaciones Sexuales” sustituyéndolo por  “Perturbaciones en la Orientación Sexual“.

Perturbador sí qué es, ¿verdad? Por suerte, bueno por suerte, no, gracias a la lucha de activistas LGTBI, esta categoría fue eliminada del manual en posteriores versiones.

Y aquí podéis pensar: “Una vez aclarado que mi orientación de deseo hacia otras personas, sea cual sea (homo, demi, pan, bi, a…), no es un trastorno, aún nos queda por plantearnos, y ¿qué pasa si lo que me excita o lo que deseo no es una persona?, ¿y si lo que me da morbo es una situación u objeto?”

¿Qué ocurre entonces? Que te calificarán en la categoría de trastorno parafílico. ¿Y cómo se establece el límite de lo que supone un trastorno mental de lo que podrían ser simples variantes sexuales o preferencias eróticas? Vayamos por partes:

Los rasgos esenciales de una parafilia son: fantasías recurrentes, que producen excitación sexual intensa, impulsos sexuales o conductas… que se presentan por un periodo de más de 6 meses… (APA, 2000, p. 566).

¿De verdad que la fantasía, aun siendo recurrente, se puede convertir en un síntoma de insalubridad mental? Esa fantasía que, precisamente, nos permite explorar aquellos aspectos de nuestro imaginario que no desearíamos investigar en nuestra vida real. Y ahí está su potencial, alcanzar una excitación mental a través de lo prohibido por la sociedad o por uno mismo. ¿Quién no ha disfrutado alguna vez de la erótica de la prohibido?

¿Y el concepto de intensa que aparece en la definición? ¿Cómo valoramos la intensidad de algo? Pensemos en otros términos que ya ha costado definir por el grado de subjetividad que conllevan, ¿qué tengo que entender por promiscuidad?, ¿tener más parejas eróticas que la persona que me está evaluando?, ¿y tener poca libido?, ¿poca respecto a qué o a quién?, ¿respecto a nuestras parejas sexuales?

 

 

Sin embargo, este manual también nos aporta otro criterio diagnóstico. Quizá éste, nos pueda aclarar un poco este embrollo.

Las fantasías, los impulsos sexuales o los comportamientos provocan malestar clínicamente significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.

Y con esto no podemos evitar volver a plantearnos ¿qué es lo que produce malestar?, ¿la conducta en sí o el hecho de ser educados en una cultura que me dice que eso no es normal?

Los profesionales de la salud sexual sabemos, por experiencia, que en muchos casos las conductas eróticas normalizadas en nuestra sociedad también pueden ser fuente de dificultades. No en pocos casos, las relaciones no se consideran completas si no terminan en una penetración u orgasmo con el malestar que ello genera en las personas que lo viven. Y, desde luego, una penetración puede ser una fantasía recurrente que produce una excitación sexual intensa. ¿Tendríamos que hablar de coitofilia?

Si acude a nuestra consulta una persona que se encuentra mal porque es discriminada por su orientación sexual, no nos planteamos hacer una terapia para cambiar su deseo. Nos podríamos plantear que para esta persona sería conveniente una intervención que le permitiese gestionar esa discriminación: que le empodere, que desarrolle estrategias de afrontamiento…

Pero con los otros deseos, no se hace lo mismo porque no forman parte de lo normalizado.

Como ya decía Kinsey a finales de los 40, Las cosas no son blancas o negras; por el contrario, es un fundamento de la taxonomía que rara vez la naturaleza se presenta en categorías discretas. El mundo viviente es un continuo en todos y cada uno de sus aspectos. Tan pronto como aprendamos esto en relación con el comportamiento sexual humano, lograremos un conocimiento profundo de la sexualidad.

Estos días vivimos un ejemplo del control de esa sexualidad por una parte de la sociedad, medios y partidos políticos, a pesar de ser un derecho humano de cualquier persona. La reacción y ataques que estamos viviendo por incluir talleres de educación sexual y autoconocimiento en nuestras campañas ha puesto de manifiesto cómo en una sociedad de derechos, mientras unas personas defendemos los de todos, otras vulneran sólo los de algunos.

No se trata de lo tuyo o lo mio, enfrentado. Se trata de lo tuyo y lo mio. Cada uno tiene el derecho a vivir su sexualidad como quiera, con los recursos que necesite, un tipo u otro, sin usar la de unos como arma arrojadiza o simplemente anularla. Nadie ha atacado a otras corrientes de educación afectivo sexual, ni hemos criticado sus talleres, campañas, ni cómo son subvencionadas por líneas directas en convocatorias públicas de subvenciones o nominales de asignación directa.

La pluralidad en la educación y los derechos es el mayor tesoro que tenemos en una democracia.

El conocimiento de nuestra sexualidad nos podrá permitir enriquecerla, vivirla desde el bienestar y el placer y, por tanto, contribuir al incremento de nuestra salud sexual. Por eso, si te apetece, átate, mira, déjate mirar, ponte zapatos de tacón… pero siempre, ¡disfrútate y sé feliz!