“ADVERTENCIA: Empieza la serie de Newton sobre la pubertad. Es normal que algunos padres se sientan avergonzados. Quedan advertidos”

Con esta irónica entrada comienzan los ocho capítulos de la serie emitida por un canal público de la televisión Noruega. ¿Qué es lo que vamos a ver? ¿Escenas “subidas de tono”? ¿Pornografía? No, a lo que tendrán acceso el público tanto infantil como juvenil será a una educación sexual mostrada con naturalidad, de una manera clara, didáctica y cercana a las personas jóvenes.

Este tipo de iniciativas pueden ser bien aceptadas (en este caso, incluso, recibieron el Premio al Periodismo 2015) en países donde la educación sexual forma parte del currículo escolar como Noruega, que la implantó en 1970, o Suecia, en 1955, a años luz de lo que sucede en nuestro país.

La mal llamada ley del aborto, tan polémica en los últimos años, es, en realidad, una ley también de salud sexual y reproductiva que preveía la creación de una estrategia que garantizara, no sólo el acceso la interrupción voluntaria del embarazo y a una atención sanitaria en materia de salud sexual y reproductiva, sino también la incorporación de la formación en salud sexual y reproductiva al sistema educativo. Y que se contemplara como parte del desarrollo integral de la personalidad y de la formación en valores, con un enfoque integral que tuviera en cuenta la igualdad entre hombres y mujeres, la diversidad sexual, el desarrollo de la sexualidad, la prevención, etc.

Esta estrategia, desarrollada en 2011, ha quedado en eso, en una estrategia que encuentra muchas dificultades para su aplicación efectiva. La crisis económica y las políticas anticrisis adoptadas limitan la posibilidad de hacer realidad lo puesto en papel, pero no sólo se trata de impedimentos de orden económico, sino también ideológico. Y, como se plantea en el título de este post, y que ya hemos tratado anteriormente en este blog, la educación sexual es un derecho, nunca debería ser un privilegio.

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Y no tenemos más que echar un vistazo a noticias publicadas últimamente, que nos dan una idea del tipo de mensajes educativos que se están transmitiendo en nuestro país.

Como aquella donde se pone de manifiesto las subvenciones otorgadas en la Comunidad de Madrid a entidades que hacían campañas con la defensa de la abstinencia y la castidad como forma de prevenir el sida.

O el revuelo que se ha montado alrededor de una exposición GenitArte en un centro cultural, porque se mostraban pinturas de genitales femeninos.

Todas las personas deberíamos reclamar una educación sexual de calidad para toda la sociedad.

Porque la educación sexual no es sólo información. Porque la educación sexual debe hablar de prevención pero, no sólo hablar de los riesgos, también debe buscar otros objetivos que nos permitan desarrollar una sexualidad plena y satisfactoria. Permitir que nos CONOZCAMOS.

Cómo son los cuerpos, cómo funcionan y cómo se van a desarrollar, conocer la fisiología de nuestros genitales, pero también la fisiología del placer. Y todo esto a tiempo. Es decir, antes de la pubertad que es cuando ya se han producido los cambios.

Una educación que nos permita ACEPTARNOS. Aceptar nuestras peculiaridades, nuestra manera de vivir la sexualidad, escuchar nuestros deseos, sentirnos, en definitiva, como lo que somos, especiales. Entender que no existe un modelo de lo que es la sexualidad, sino que existen muchas sexualidades únicas e irrepetibles.

Una educación que nos permita encontrar la SATISFACCIÓN en lo relacional y en la erótica.

Disfrutar de lo placentero y SENTIRNOS FELICES con aquello que hagamos.

Todos los jóvenes tendrán que tomar algún día decisiones sobre su salud sexual y reproductiva cruciales para su vida. La educación sexual integral permite a los jóvenes tomar decisiones fundamentadas sobre su sexualidad y su salud. Estos programas preparan para la vida y mejoran la conducta responsable, y, puesto que se basan en los principios de derechos humanos, ayudan a fomentar los derechos humanos, la igualdad de género y el empoderamiento de los jóvenes (UNFPA).

Porque no tener una educación sexual de calidad se convierte en una vulneración de los derechos sexuales y reproductivos con consecuencias negativas tanto para las personas afectadas como para la sociedad en general.