¿PENSAMOS DE MANERA INCLUSIVA?

En un post anterior, LENGUAJE INCLUSIVO. CAPÍTULO 1: SEXO, ¿LO TIENES, LO HACES O LO ERES?, hablamos de la importancia del lenguaje como factor de socialización clave en nuestra construcción como personas y como herramienta con un claro potencial transformador. Por eso, el uso del lenguaje inclusivo no es algo baladí, ni un capricho, sino la consecuencia de nuestra propia existencia humana.

Sentirnos identificades en el lenguaje nos da valor, ubicándonos a todes en un mismo código, un mismo mundo. Ayudando así a la integración de las nuevas vivencias y realidades de la humanidad.

Lo que no se nombra, no existe.

El lenguaje cambia, se adapta a los tiempos, culturas, personas.

Y está bien, ¡significa que avanzamos! Es cierto que muchas personas somos aún reticentes a modificar nuestras expresiones, porque “siempre se ha hecho así”, pero igual que otros aspectos de nuestra vida van evolucionando (identidades, orientaciones, formas de comunicación, leyes, normas…) y nos vamos adaptando a ellos, lo mismo ocurre con el lenguaje, somos las personas las que le vamos dando forma.

Este punto es TRASCENDENTAL: somos las personas las que ejecutamos esa evolución del lenguaje, que luego es recogido e identificado como lenguaje «promedio» por las instituciones pertinentes.

En este post, queremos sugerir algunas ideas, para que vayamos poniendo en práctica, para entender esta necesidad de evolución e irla haciendo una realidad en nuestro lenguaje.

«El uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino. Por ello, es incorrecto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos, con independencia del número de individuos de cada sexo que formen parte del conjunto. Así, los alumnos es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones». RAE.

Pero, ¿quién ha definido, establecido y construido que el masculino es un término no marcado en oposición a lo femenino? ¿No ha sido precisamente al contrario?

El lenguaje evidencia que socialmente no son vistos como iguales ni ocupan los mismos roles. La misma palabra que se usa para halagar a un hombre puede ser despectiva usada con una mujer”, comenta Diana Quiñones, lingüista del Tribunal Constitucional de Perú.

Quizá pensando en ese uso práctico del masculino, y la implicación de los términos masculinos en el lenguaje, podamos entender que la hegemonía de un género en los espacios de poder y tomas de decisiones, evidentemente establece normas, escritas y no escritas, que no recogen la diversidad real y representativa de una sociedad. Precisamente, de forma significativa, en el lenguaje.

La sociedad es patriarcal y va dejando de serlo, pero no puede dejar de serlo por decreto”, añade Marco Martos, presidente de la Academia Peruana de la Lengua. “La lengua no se maneja por decretos, es por uso. Hay que tomar en cuenta que las academias recogen el lenguaje promedio. Los cambios son más lentos de lo que pensamos, pero se dan sistemáticamente. La lengua no es estática”.

A pesar de esta reticencia institucional a la realidad social, uno de los temas que parece que se va asentando es el de dejar el uso genérico del masculino para referirnos a un grupo de personas diversas.

Ya sabemos que no es la “Historia del Hombre” sino la “Historia de la Humanidad”, o que en un centro educativo por ejemplo, no hay profesores y alumnos, sino profesorado y alumnado. En estos casos es sencillo, ¿verdad?, usamos otro genérico, uno colectivo, y así cualquier identidad se ve representada. Si nos dirigimos a una audiencia de la que no conocemos sus identidades, por ejemplo, en estos tiempos de formaciones online, en lugar de dirigirnos al grupo con frases como “se informa a los alumnos que deben acceder con micros y cámaras apagados…” podemos decir “se informa que se debe acceder con micros y cámaras apagados…” También se puede hablar de “las personas” y así, no dejamos a nadie fuera.

Sin embargo, seguimos haciendo distinciones, si una mujer está soltera, es “señorita” y si está casada “señora”. Al referirnos a un hombre siempre es “señor”, no influye en su estatus social si está casado o no. ¿Lo hacemos así también con las mujeres a partir de ahora? ¿Qué más da el estado civil? ¿Por qué en nosotras influye y en ellos no? En muchos colegios, en diferentes zonas de España, se sigue llamando a la profesora “señorita” (seño), pero no así a los profesores (profe, maestro).

Si hablamos de familias, estamos siendo inclusivas, si hablamos de “los padres deben recoger a sus hijos…” no lo estamos siendo. ¿Veis por dónde vamos?

Muchas palabras, por ejemplo, si las decimos en femenino son insultos y en masculino algo totalmente diferente: zorro y zorra, golfo y golfa, fulano y fulana, perro y perra, brujo y bruja… En esta dicotomía también los genitales “masculinos” salen mejor parados. Tendréis en mente el clásico ser “cojonudo” o “la polla” cuando algo es fantástico, frente a ser “un coñazo” cuando nos referimos a algo aburrido.

Llama la atención que, incluso, hay insultos en femenino que no tienen equivalente en masculino. Ser una mala víbora, por ejemplo. O ser un hijo o una hija de puta… puedes ser hombre o mujer, pero el insulto a tu madre no se lo quita nadie. ¿Se te ocurre alguno más?

 

Muchas veces también caemos en la trampa de dar cosas por hecho, en una sociedad cisheterocentrista, es fácil que se cometan esos fallos. Nosotres lo vemos mucho en las personas que acuden a nuestros recursos de pruebas rápidas y PCR (Checkpoints CASA Lavapiés, Manuel Becerra, y Torremolinos), y nos comentan que la última vez que fueron a una consulta sanitaria dan por hecho que si somos una mujer nos relacionamos afectivamente con hombres, y si somos hombres solo tenemos encuentros sexuales con mujeres… Cuando no es así siempre, ¿cómo podríamos hacer esto más inclusivo? Preguntando si se tiene pareja, preguntando con quién se suelen mantener encuentros eróticos… Todo en función de la necesidad de esa persona, de por qué acude al recurso.

Y ya si hablamos del acceso a recursos para personas trans… ¡Apaga y vámonos! Una buena praxis para personas trans que aún no hayan podido modificar su deadname (su nombre de nacimiento), en su documento identificativo, es que en las consultas se llame a las personas por sus apellidos, por ejemplo.

¿Y los pronombres? Os habréis dado cuenta que en este post usamos la “e”, esto es porque antes se utilizaba la “x” o la “@” para incluir a todas las personas, pero los lectores de texto tienen dificultades con las palabras que sustituyen las vocales por «x» o por «@». Utilizar la “e” evita esos problemas y así estaríamos incluyendo tanto a personas cuyos pronombres son femeninos (ella/s) como masculinos (él/ellos) y no binaries (elle/s). ¿Sabías que en inglés uno de los pronombres más usados por las personas no binarias es They/them? Sí, en plural aunque se refiera a una sola persona.

Elliot Page hizo llegar a muchas personas la importancia de usar los pronombres correctos y el nombre elegido en concordancia con la identidad de género cuando dio el paso de presentarse públicamente como persona trans. Aquí nos hubiera gustado poner alguna noticia en que se comentase de manera inclusiva ese momento vital de Elliot Page, su «salida del armario como trans», pero no encontramos ninguna en que no se haga mención una y otra vez a su deadname.

¿Por qué es todo esto tan importante? Porque pensamos como hablamos. Si yo digo “Mi marido me ayuda en casa”, pienso que realmente el trabajo de casa es mi labor, y mi marido “me ayuda” con ella. Pero no es así, las labores del hogar son de todas las personas que comparten sus vidas en ese espacio.  La mayoría de las veces, hablamos sin pensar. Es decir, son expresiones tan integradas en nuestro día a día que no somos conscientes, cuando las usamos, de las connotaciones que pueden tener sobre otras personas.

Hacer consciente esta posible discriminación o invisibilización de les otres es un paso hacia la inclusión.

Hay muchas más formas en que podemos hacer nuestro lenguaje más inclusivo, dejando de usar refranes, chistes o expresiones sexistas, racistas, clasistas, capacitistas…

El lenguaje influye en la construcción que hacemos de nosotres mismes, ya que transmite valores, esquemas mentales, prejuicios… Nuestra autoestima se puede ver afectada porque a través del lenguaje se puede ejercer mucha violencia.

Está claro que no nos define lo que otres digan de nosotres, pero sí que duele, sí que impacta.

Y tú, ¿te sumas a revolucionar el lenguaje, a hacerlo más amigable para todes?

En Apoyo Positivo disponemos de un programa de Atención sexológica donde poder consultar a un profesional de la sexología, con el fin de resolver cualquier tipo de dificultad en la sexualidad o con tu pareja/s.

Contacta con nosotres para valorar una primera entrevista o sesión informativa:

✉️ educacion@apoyopositivo.org

¿Nos cultivamos juntes?

¡Continuará!