Ya hemos hablado en este blog de cómo empezamos a intuir que llega una nueva generación de jóvenes educados en una sociedad que da más importancia a los derechos sexuales y reproductivos y, junto con ellos, al respeto a las diversidades. Las personas que trabajamos la educación sexual con jóvenes, nos damos cuenta de que, por fin, esto empieza a ser real.

Poco a poco y, encontrándonos jóvenes de todo tipo (no olvidemos que sigue habiendo muchos casos de bulling en las aulas), cada vez los discursos y actitudes son mucho más abiertos a las distintas realidades, vivencias y maneras de entenderse que tenemos cada persona.

Pero por otro lado, y cada vez que creemos ver un poco de luz al final del túnel, aparecen nuevas  polémicas, como la de la famosa cabalgata de Reyes Magos de Puente de Vallecas, que nos hace poner los pies en el suelo y nos aleja del optimismo.

Porque, en muchas ocasiones, estos avances culturales y educativos que vivimos esconden ciertas trampas en las que podemos caer si no estamos atentos.

Si nos centramos en las personas LGTBIQ, ha habido cambios sociales. SÍ, y muchos. En este país, en un corto período de tiempo, hemos pasado de tener una ley que consideraba a las personas homosexuales como un elemento antisocial (la ley de vagos y maleantes), a que en 2005 se legalizase el matrimonio igualitario.

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En 2017, Madrid se convirtió en ciudad anfitriona del WorldPride y se tiñó de los colores del arcoiris, con toda la diversidad y visibilidad que ello implica.

¡Muy bien, que abiertos somos! Nos damos unas palmaditas en la espalda y con esto estamos contentos. Pero hay detalles que nos hacen pensar en cómo la discriminación a determinados colectivos adquiere formas sutiles, pequeñas acciones u opiniones basadas en prejuicios que pasan desapercibidas en nuestras vidas por estar normalizadas .

Como la información de un Congreso sobre sexo y genero que nos llegó la semana pasada. Qué interesante suena , ¿no?

Según nos adentramos en el programa y ponentes vemos algunos conceptos como ideología de género, matrimonio, familia, “la verdad”, “bautizada en la Iglesia Evangélica, se convirtió al catolicismo” (a modo de currículum vitae)… Bueno, tampoco vayamos a ser nosotras personas prejuiciosas, sigamos revisando.

Pero la capacidad de ser objetivas acaba cuando leemos lo siguiente: “Amando a mis vecinos LGTB. Víctimas de la falsa ciencia”. Oye, mira tú que gente más maja, que hasta hay un libro escrito sobre esto. Claro que, bien pensado, desde qué posición de poder una persona decide que tiene la autoridad para victimizar a otras y decir aquello de “venga, vamos a aceptarles, pobrecitas”. Pero, como estás diciéndonos que nos vas a querer, cómo nos vamos a quejar, qué falta de gratitud, de verdad, gracias por dejarnos vivir nuestras vidas imperfectas y, encima, hacernos un hueco en tu gran corazón.

Que nos recuerda a aquella mítica frase de “no, si a mí me parecen muy bien todas las opciones, cada uno que se acueste con quien quiera”, bien, pero es que no es una cuestión de que te parezca bien o mal, porque nadie te pide tu opinión.  Es una realidad.

O la persona que se pone una medalla porque “yo tengo un amigo gay” MUY BIEN, ¡un aplauso!, acabas de ganar el premio al héroe del año. Claro que, si tenemos en cuenta que todavía se ofertan talleres para curar la homosexualidad, mejor tener un amigo que se enorgullezca de tu orientación.

También hemos leído en las últimas semanas un artículo sobre Ricky Martin y su familia: el texto giraba en torno a que los niños preguntaron por qué tenían dos papás. Más allá de que sea un personaje público, más allá de que haya utilizado la gestación subrogada con la polémica que pueda suscitar, ¿por qué muchas personas deciden que pueden opinar sobre la vida de los demás? Vale, podríamos pensar que lo que expones al público puede ser criticado, pero lo que nos llama la atención es la absoluta falta de respeto hacia el tipo de relaciones eróticas que pueda tener este hombre. Es como si una persona pusiese en Facebook una foto de sus vacaciones en la playa y todo el mundo opinase sobre si tiene relaciones con su vecino o no. Nos parece que no tiene ningún sentido, pero se opina.

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Y es que la facilidad que nos dan las redes para opinar tiene su peligro, porque la línea entre la libertad de expresión y la incitación al odio es estrecha. Y nos preguntamos si este tipo de opiniones se pueden considerar delitos de odio. Una persona está en su derecho a odiar a quién quiera, es evidente, pero desde nuestro punto de vista este tipo de comentarios instigan de alguna manera el odio. No somos expertos en legislación y no sabemos si se puede tipificar como tal o no, pero lo que está claro es que nos da vergüenza leer estas opiniones.

Parece que el colectivo LGTBIQ ya lo ha conseguido todo, “¿qué más quieres?”. Al igual que si hablamos de las mujeres y el feminismo, “si ya habéis logrado la igualdad, de qué os quejáis ahora”. Por supuesto, ya está todo logrado, siendo mujer puedo votar, no tengo que pedir la firma de un hombre para sacar dinero del banco, puedo viajar sola, tener un puesto laboral de responsabilidad… Pero, también seguiré siendo la figura cuidadora de la familia (me encargaré de las tareas del hogar y de cuidar a menores, mayores y, en mi tiempo libre, militaré para intentar cambiar la sociedad. Todo ello, cobrando menos que cualquier hombre en un puesto de trabajo idéntico al mío.  Además, tendré que aguantar que si sufro una agresión sexual, y tengo las narices de denunciarlo, todo el mundo podrá entrar a valorar la ropa que usaba, si salía y bebía alcohol o si ligaba mucho.

Sí, señores, es verdad, la igualdad está conseguida. Ahora entendemos que cuando una mujer pretenda reclamar sus derechos se la tache de “feminazi”

Igual que los micromachismos (y se llaman micro no porque sean pequeños, si no por lo poco perceptibles que son), y los neomachismos, esas actitudes, opiniones y acciones representan microagresiones y discriminación para las personas que viven su vida al margen de la heteronormatividad y el patriarcado.

Las personas queremos poder expresarnos como somos, solo eso. No queremos tu beneplácito,  tu aceptación, tu compresión ni mucho menos tu amor. Queremos respeto.

Aún  así,

¡GRACIAS POR DEJARNOS VIVIR!