Hemos leído La Cultura de la Homofobia (2017), de Ramón Martínez, y nos ha gustado mucho, especialmente por cómo resume ideas y contextos complejos, y analiza las potencialidades- también sus contradicciones- del activismo LGTBI.  La cultura de la homofobia es la cultura de la heterosexualidad, entendida ésta como una ideología que va más allá de la orientación sexual porque regula con ideología nuestra sociedad (“ley de gravitación heterosexual”, nombra Ramón). Hablamos con él.

Abres el libro con una cita de Monique Wittig: “Cuando el pensamiento heterosexual piensa la homosexualidad, ésta no es nada más que heterosexualidad”. ¿Depende la homosexualidad como concepto y cultura del sistema heterosexual?

Yo diría que son sistemas interdependientes. La heterosexualidad es el marco global que nos regula, y de acuerdo con sus parámetros se construye una categoría para englobar los comportamientos heterodoxos: la homosexualidad. Pero, al mismo tiempo, el sistema heterosexual pervive gracias a que se construye diferenciándose de su producto. Para cambiar las cosas hay que ir más allá de reivindicar las prácticas homosexuales: es necesario analizar y deconstruir la propia heterosexualidad.

El Diccionario de Maria Moliner, también el de la RAE, define “homofobia” como antipatía y odio hacia personas homosexuales. Tú cuestionas hablar únicamente de aversión porque la homofobia no es sólo una cuestión psicológica que afecte a una persona como “afección particular”.

Sí, me parece muy importante. La homofobia no es una enfermedad, es una cultura dentro de la que se toman decisiones. Nadie elige tener una gripe, y por eso nadie es responsable de su gripe, pero la homofobia tiene culpables, porque se decide, aun de un modo casi inconsciente. Hemos de avanzar en el análisis de ese momento preciso en que alguien decide perpetuar las conductas intolerantes, y saber cómo conseguir que entonces se acuerde de nuestro mensaje y se comporte de otra manera.

El odio y el miedo se aprenden. Analizas cómo la cultura de la homofobia nos regula desde la infancia, y de manera diferente si somos niñas o niños.

La herramienta para regular los comportamientos de cada uno de los sexos es la propia concepción del género. Ya sabes, los varones somos fuertes, las mujeres delicadas, los varones penetramos, las mujeres son penetradas. A través de todas esas ideas nos vamos construyendo como personas, y acarreamos así un montón de prejuicios que nos llevan a reproducir una cultura machista y heterosexual. Para acabar con la homofobia, hay que acabar también con la idea del género… el Feminismo lo sabe bien, y debería servir como la hoja de ruta del movimiento por la erradicación de la homofobia.

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¿Movimiento por la erradicación de la homofobia? ¿No es más claro llamarlo «Movimiento LGTB»?

Sí, parece más claro, pero esa denominación encierra muchos problemas: se adscribe a unas identidades concretas, y olvida que no reivindicamos los intereses particulares de un grupo más o menos definido de personas, sino una concepción concreta de qué es la justicia.

Más allá de la violencia material, hay otros mecanismos que perpetúan la regulación de nuestras conductas. Describes la violencia verbal, la violencia invisibilizada, la violencia cotidiana. También hablas de poshomofobia o neohomofobia; ¿puedes explicarnos ese concepto?

Es una forma de homofobia que casi siempre se disfraza de tolerancia, una homofobia de baja intensidad, que te sonríe y te acepta de manera individual mientras sigue echando pestes de la globalidad de la diversidad sexogenérica. Con un ejemplo queda más claro: la nueva homofobia es la que te dice que le caes bien, porque eres un gay bueno, no como el resto de gays. Podría decirse que es fruto del trabajo activista: la homofobia ya no se atreve a insultarnos a la cara. Pero sigue haciéndolo a nuestras espaldas.

En un capitulo hablas de La Ley del Agrado, de cómo la heterosexualidad como modelo social acoge ahora al “gay normal” si éste les agrada. ¿Qué entendemos por “gay normal”?, ¿puede el gay entonces participar como tal dentro del régimen de la heterosexualidad?, ¿qué consecuencias tiene esta integración?

El Matrimonio Igualitario ha supuesto un avance incalculable, pero supone también un riesgo que hemos de detenernos a analizar. Antes carecíamos de modelos a los que adscribir nuestra afectividad, y ahora disponemos de uno muy claro, y muy tradicional. La cultura heterosexual ha aceptado finalmente lo impensable: renunciar a la propia heterosexualidad, siempre que el resto de comportamientos a los que suele estar asociada sigan perpetuándose. El precio de la integración es, entonces, renunciar a cualquier autonomía para conformar nuestras vidas como mejor nos parezca. Quizá, ahora que todos «disfrutamos» del matrimonio, haya llegado el momento de abolirlo.

En tu libro cuestionas la reapropiación de conceptos de la cultura de la homofobia como la figura de “la loca”.

Sí. Reapropiarnos de la homofobia, de estereotipos como «el mariquita», de insultos como «maricón», que este año cumple su quinto centenario, por cierto, ha resultado útil como estrategia en ocasiones, pero supone un problema: hablamos la lengua de la dominación. Audre Lorde ya decía aquello de que «las armas del amo no derribarán la casa del amo», y quiero pensar que es toda una invitación a imaginar nuevas formas de llamarnos y de hablar. A mí me gusta mucho «epéntico», que es una palabra que se inventó Lorca para hablar de «lo nuestro». Prefiero el «epentismo» autónomo a una homosexualidad científica, una mariconería reapropiada, o incluso una gaicidad que, me temo, ya está despolitizada.

En La cultura de la homofobia nos dices que el VIH supuso un problema en el camino hacia la igualdad, hacia el trayecto impulsado por Stonewall en 1969. Contribuyó a difundir la idea de que el homosexual provoca calamidades. Realmente esa crisis fue uno de los ejemplos más claros de cómo la homofobia mata a la población LGTBI pero también de cómo destruye por dentro a la población heterosexual, en el sentido de que la falsa ecuación gay= sida ayudó a propagar la epidemia porque las administraciones públicas y la sociedad en su conjunto tuvieron durante más de un lustro una respuesta bien apática (“si afecta a maricas y yonkies no es mi problema”), hasta que realmente se vio claramente que el VIH afectaba a personas de cualquier orientación sexual, raza, género y clase social, ya de manera tardía y con millares de infecciones que podrían haberse evitado.  Hoy en día… ¿La cultura de la serofobia forma parte de la cultura de la homofobia?

Todas las culturas de odio están interconectadas por la «aversión» hacia la otredad, sea ésta la que sea; y creo que en buena parte de las ocasiones se retroalimentan de un modo muy complejo. El ejemplo perfecto es precisamente este: serofobia y homofobia. Llevamos años trabajando para erradicar la idea de los «grupos de riesgo», pero ahí sigue. Y está clara una cosa: el VIH y la homosexualidad no tienen nada que ver, pero no puede comprenderse en modo alguno cómo ha evolucionado la concepción pública de qué significa ser homosexual, ni el propio movimiento reivindicativo, si no atendemos a la realidad que marca el VIH.

En el libro estableces una relación interesante entre la crisis del VIH y la lucha por el Matrimonio Igualitario.

Sí, es algo que tengo muy claro: sin la aparición del VIH y la necesidad de dar una respuesta a los problemas que surgieron con él una demanda como la Ley de parejas primero, o el Matrimonio más tarde, no habrían surgido o lo habrían hecho mucho más despacio. Enfrentarse a la muerte hizo comprender que había que garantizarse unos mínimos para poder seguir reivindicando.

Tras la Cultura de la Homofobia, cuéntanos un proyecto próximo.

Acabo de terminar una introducción a la historia del movimiento LGTB en España, que aún no tiene título -yo quiero llamar al libro Lo nuestro sí que es mundial, por una maravillosa campaña del 82, y que saldrá para fin de año. Responde a un plan que tengo para hacer tres volúmenes: el primero, La cultura de la homofobia, centrado en el problema fundamental al que nos enfrentamos; el segundo, que será este, una revisión de las estrategias que se han empleado en el movimiento para erradicarla. Habrá un tercero, espero, donde expondré ideas más personales sobre cómo afrontar los retos que tenemos por delante, y al que me gustaría llamar Una nueva esperanza.

Leer “La Cultura de la Homofobia” nos ayuda a percibir la influencia de modelos culturales dañinos, y cómo los perpetuamos por inercia, falta de apoyo o de recursos, miedo a perder privilegios, etc. Pero no es sólo un libro que analice críticamente una cultura de odio; también dispone de luz para generar otros discursos, discursos que sean más ajustados a lo que necesitamos.

La recomendación del libro va en la línea de Apoyo Positivo por transmitir nuevos modelos culturales. En este sentido, llevamos tiempo luchando por el desarrollo del proyecto Algo está pasando, un conjunto de nuevos recursos y espacios para potenciar una comunidad de ocio más saludable. “Algo está pasando” es un proyecto cultural a modo de alternativa a los modelos vigentes de ocio y sociabilización, tan competitivos y de una individualidad no inclusiva que están llevando a que nos sintamos cada vez más solos o que dependamos de hábitos no del todo sostenibles que a veces vulneran nuestra salud. El objetivo es generar actividades comunitarias que sean culturalmente políticas, en el sentido de que ofrezcan empoderamiento y una conciencia del (auto)cuidado y la inclusión. Nos interesan los espacios autosostenibles de coworking, a modo de plataforma para una economía social que sirva a una comunidad de seres afectivos. Para ello se necesitan todo tipo de redes y colaboraciones; también vuestra implicación. Agradecemos a Ramón Martínez su labor, que a buen seguro continuará siendo un apoyo hacia la construcción de nuevos modelos culturales y políticos.