Roberta Marrero es una de esas artistas que, aunque intenten pasar desapercibidas, tiene una luz propia que la despega del resto del mundo para señalarnos que está hecha de otra pasta. Este halo de divismo austero bien podría ser el de cualquier actriz nórdica del cine de Bergman o el de una artista que ya viene de vuelta de todo. Y es que la carrera de Roberta está labrada a base de tocar muchos palos. Fue presentada al gran público en el año 2003 a través de su personaje de Nona en Descongélate, película de Félix Sabroso y Dunia Ayaso. A partir de ahí, su ascenso fue imparable. Inauguró, junto a un grupo de artistas emergentes, las famosas fiestas En Plan Travesti, epicentro artístico-cultural experimental de los primeros años 2000. También se recorrió España junto a Nacho Canut —la otra mitad de Fangoria— pinchando en bares y discotecas, grabó dos discos —A la vanguardia del peligro y Claroscuro— e hizo, en más de una ocasión, los coros a Alaska en sus conciertos. 

Autorretrato para la expo "Con tres heridas yo".

Autorretrato para la expo «Con tres heridas yo».

Una vez agotada la etapa musical, se centró en el arte plástico. En sus obras mezcla sus referentes vitales con el imaginario popular, el folclore religioso o elementos sociales represores. Así, en su trabajo podemos encontrarnos a Boy George, a Franco, a Rocío Jurado, a Bowie, a Hello Kitty o a Hitler. Todos juntos o por separado. De esta forma, Roberta los reinterpreta hasta convertirlos en piezas personalísimas de arte queer. 

Fruto de este trabajo artístico, aparte de varias exposiciones, han nacido los libros Dictadores (Hidroavión, 2015), El bebé verde (Lunwerg Editores, 2016) —con prólogo, ni más ni menos, de Virginie Despentes— y We Can Be Heroes. Una celebración de la cultura LGTBQ+ (Lunwerg Editores, 2018).

Roberta Marrero, por tanto, se ha convertido en la representante de un movimiento estético e intelectual que busca la liberación a través de la resignificación, poniendo en valor la importancia de los referentes positivos y convirtiéndose en la digna heredera de figuras como Ocaña o Las Costus, artistas que supieron abrir un camino donde solo había espesura. 

En definitiva, Roberta Marrero es una artista que ha sabido vivir todos los espectros de la vida, desde la máxima exposición pública hasta el recogimiento de su estudio. Siempre ha hecho lo que le ha dado la gana. O al menos eso ha parecido. Porque su espíritu es punk y sus manos, benditas ellas, un instrumento para alcanzar la libertad y hacernos sentir un poco menos solas.

Actriz, cantante, compositora, ilustradora, DJ… ¿Mujer polifacética por decisión o por necesidad?

Algunas veces por decisión y otras por devenir. Actuar y cantar fueron cosas que me pidieron y yo, como soy curiosa, dije que sí y lo hice durante un tiempo, pero no son mis verdaderas vocaciones. Fue como un divertimento, una manera de explorar qué podía dar en esas disciplinas. Pero mi verdadera vocación es el arte plástico. Bueno, también lo fue pinchar discos durante una década, hasta que me quemé del tema.

‘We can be heroes’, tu último trabajo publicado, gira en torno a los ídolos que han influido en tu vida, ¿cómo de importantes crees que son los referentes para las personas que viven fuera de la norma?

En mi caso fueron importantes porque cuando era pequeña en aquella España de los ochenta, que por muy idealizada que esté ahora, ni era moderna ni era progresista, lo que me rodeaba era hostil, en blanco y negro, carente de referentes positivos. Descubrir a estrellas del Pop como Boy George, primero en la televisión y luego en las revistas, te abría un camino que era inexistente. Eran tus hermanas mayores que te enseñaban a ser diferente con orgullo y rebeldía. Te mostraban que otra vida era posible. Es algo que compartimos muchas raras, encontrar calor en la cultura popular, solo que cambian los ídolos. Lo que a mí me pasó con Boy George a las nuevas generaciones les ha pasado con Lady Gaga, por ejemplo.

También has trabajado la imaginería católica, resignificándola a través de la mezcla con elementos pop. ¿Cuál crees que es el secreto para conseguir reapropiarse de elementos a priori opresores, como la cultura religiosa?

Para mí es algo natural hacerlo, ni siquiera lo pienso. Fui educada como católica y aunque no soy creyente tengo toda esa imaginería, que para mí es camp y kitsch, metida en la cabeza y la uso igual que podría usar un dibujo de Tom of Finland. La religión católica es nefasta, pero sus imágenes son gloriosas y dan mucho juego.

Fuiste un de los pilares básicos de la removida, aquel resurgir artístico y cultural underground de los años 2000. Creaste junto a un grupo de amigos las míticas Fiestas En Plan Travesti, publicaste dos discos con la discográfica Susurrando y te recorriste España, tanto en solitario como junto con Nacho Canut, en tu faceta de DJ. ¿Echas de menos esa época? ¿Qué te llevó a pasar de una faceta tan pública a un perfil más introspectivo centrado en la ilustración?

No lo echo de menos en absoluto. No echo de menos ningún tiempo pasado de mi vida, soy cero nostálgica. Fue divertido formar parte de todo eso y estoy muy orgullosa del granito de arena que aporté al movimiento, pero prefiero lo que hago ahora. He cambiado mucho con los años, me apetece menos exponerme (aunque curiosamente lo que hago ahora es muy personal y muchas veces autobiográfico), pero lo que llega a la gente es tu producto que es consumido de un modo muy íntimo, o como un libro o una pieza en una galería. Pasé por una depresión hace dos años y eso también ha influido en mi modo de crear y de hacer, que es más de a dentro y menos de fuera.

‘El bebé verde’ es quizá hasta ahora tu obra más reconocida. En ella hablas, como su propio nombre indica, de un bebé verde que no nació hombre ni mujer. ¿Es difícil hablar desde el yo? ¿Tiene algo de terapéutico el saber que con tu testimonio está ayudando a otras personas?

Es muy difícil hablar del yo sin ninguna máscara, pero una vez que lo haces es liberador. Cuando escribí el bebé verde pensé que era terapéutico, lo fue en su momento, pero luego fui a terapia y ¡Dios!, es algo completamente distinto. Lo que toqué en El bebé verde lo he profundizado mucho con mi terapeuta y eso sí que es liberador. Estoy muy orgullosa de ese libro y me encanta que haya calado en tanta gente y que se lea en universidades.

Si no te hubieras dedicado al mundo de la creación, ¿Qué te hubiera gustado hacer?

Nada, una rica heredera. O librera, tener una bonita tienda de libros en alguna ciudad del norte de Europa.

¿Qué nos puedes contar de tus futuros proyectos?

Dar una charla a adolescentes trans en unos cuatro días, sobre El bebé verde, precisamente. Nunca he trabajado con adolescentes y estoy un poco nerviosa. Espero poder hacerles llegar bien mi mensaje. Luego otra charla sobre arte queer y nada más por ahora. Con el covid todo está muy parado y se han cancelado proyectos que tenía.

Carlos Barea es graduado en Publicidad y Relaciones Públicas, máster en Escritura Creativa por la escuela Hotel Kafka y máster en Estudios LGBTIQ+ por la UCM. Recientemente ha publicado su primera novela, ‘Bendita tú eres’ con editorial Egales.